La Riqueza de los errores

Hablar de errores es hablar de emociones desagradables
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Hablar de errores es hablar de emociones desagradables

El error no es fuente de placer, ya que está asociado con el fracaso o la pérdida, sumado a que la construcción de nuestro sistema de valoración respecto a este concepto es, la mayoría de las veces, negativo. Esta es la razón por la cual el equívoco está mayormente asociado a procesos de angustia y la tendencia más generalizada es evitar el error.

Si bien no deseamos equivocarnos, necesitamos reconocer que en el error hay una riqueza implícita, siendo el fundamento de aprendizajes exitosos y funcionales.

Los seres humanos nacemos en un mundo que ya está funcionando, un mundo que necesitamos aprehender. El proceso por el cual conocemos sus formas y conceptos se llama aprendizaje. El aprendizaje humano es un proceso casi siempre gradual y que se va complejizando a medida que se avanza en el desarrollo bio-psico-social.

En líneas generales, los procesos o etapas implicadas en el aprender son la imitación u observación; la práctica o ejecución; y el perfeccionamiento. Pensemos en procesos como aprender a hablar, caminar, escribir o leer, los mismos no suceden de un momento al otro, sino que progresan, no siempre de manera lineal e idéntica en todas las personas, sino más bien en un proceso dialógico donde hay “ires y venires”, y donde el error juega un papel primordial en el perfeccionamiento del aprendizaje.

El ritmo natural y subjetivo del aprendizaje impacta o refracta contra la cosmovisión que rige en nuestros tiempos, caracterizado por una sociedad exitista y hedonista (búsqueda constante del placer y el éxito), donde el equívoco generalmente es penalizado. Probablemente muchos de nosotros tenemos experiencias con padres o maestros en las que se remarcaban los errores con rojo, quizás acompañados de comentarios avergonzantes que exponían las faltas frente a otros. Este tipo de experiencias, sumado a los aprendizajes sociales implícitos del error pueden haber reforzado una especie de aversión a equivocarse, incluso muchos desarrollan mecanismos defensivos asociados a la búsqueda del perfeccionismo, lo cual puede disfuncionalizar a la persona en varios ámbitos de la vida.

El gran problema con este aprendizaje del error es que termina generando una mentalidad que no se anima a correr riesgos, y correr riesgos es uno de los pilares del crecimiento personal. Cuántas personas no continuaron estudios por no tolerar bajas calificaciones, comentarios negativos de profesores; o incluso personas que abortaron proyectos económicos por haber cometido errores con inversiones y dejaron de intentar en su camino de salud financiera; incluso errores cometidos en el área relacional pueden haber boicoteado proyectos familiares.

Necesitamos reconciliarnos con el errar, necesitamos darle un status didáctico, es decir, capitalizarlo como la oportunidad de perfeccionarnos. Asimismo, padres y maestros, y quiénes tienen responsabilidad de mentorear a niños, adolescentes y jóvenes, necesitamos revisar la propia valoración de esta categoría y reflexionar sobre cuál es la enseñanza que implícitamente o explícitamente estamos impartiendo.

El desafío es recuperar el error como señal de proceso y progreso, porque si hay equivoco, significa que hay alguien intentando, movilizandose, creciendo. Errar no es estancarse, ni fracasar, por el contrario, revisar el error desarrolla procesos cognitivos y metacognitivos muy superiores al placer de una recompensa inmediata, incluso fomenta el autoconocimiento lo que con el tiempo repercutirá en una mejora en la toma de decisiones y la planificación a futuro.